martes, 19 de enero de 2010

Símbolos de Identidad en el Cristianismo Primigenio

Analizando restos sepulcrales, osarios, del siglo I d.C., surge la posibilidad de identificar posible signos o símbolos que hubieran pertenecido al cristianismo inicial.

Teniendo en cuenta que el hoy conocido símbolo de la cruz no fue representativo de la cristiandad hasta el siglo IV d.C., tampoco lo fue el rostro del propio Cristo pues éste se desarrolló de acuerdo a los distintos canones estéticos de la época. Inicialmente Cristo era un joven imberbe cuyo retrato se confundía con el generalizado motivo del “Buen Pastor”, que tenía una amplia difusión pagana.

De hecho, estamos sin duda alguna ante un sepulcro cristiano si encontramos el símbolo del pez: ichthys" iniciales de las palabras Iesous Christos Theou Uios Soter (Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador). Otros símbolos serían el ancla, la nave o barco, etc., todos representados con generosidad en las distintas catacumbas en y próximas a la ciudad de Roma, desde finales del II d.C. y comienzos del siglo III.

¿Y antes? ¿Cómo se distinguía un cristiano de un judío o de un pagano?

Como grupo originariamente escindido del judaísmo vale la pregunta de que podía haber tenido algún símbolo o rasgo identificador que quizás hubiera podido salvarse y rescatarse a través de la arqueología.

En la zona al oeste de Talpiot en Israel, se han encontrado varias tumbas, muchas de ellas controversiales como la llamada tumba de Jesús, la de Jacobo, hermano de Jesús y otras. Sean estas personajes Jesús o Jacobo, pues eran nombres extremadamente comunes para el primer siglo de nuestra era, lo más importante es que se cuenta con un importante bagaje de
osarios que era la forma en que se disponían los difuntos en ese entonces.

Hay un elemento perturbador que los identifica entre si pero no con otros osarios de la misma zona o de otras regiones de Israel: presentan marcas en un lateral, signos distintivos, más allá de las palabras que en ellos están inscriptas.
En términos generales son un punto dentro de un círculo, y también un punto dentro de un triangulo abierto en uno de sus lados: no hay otros sepulcros u osarios de esa misma época (siglo I d.C.) que presenten estas características.


¿Serán estás las primeras marcas del cristianismo? ¿Será esta la manera en que los cristianos primigenios buscaban distinguirse del resto de la población judía?

El interrogante queda abierto: prolongado y complejo será el desarrollo que lleve a estos cristianos por todo el imperio romano, indicando su presencia con otros símbolos hasta llegar (en época de persecución) al característico pez. Nuevas investigaciones podrían verificar, entonces, nuestra hipótesis.

viernes, 8 de enero de 2010

“El Evangelio de Qumrán”: Un Viaje a los Comienzos del Cristianismo

Qumrán, uno de los tesoros más importantes de la humanidad que ha vertido nueva luz en el conocimiento de los inicios del cristianismo. Qumrán, cuevas, tinajas y manuscritos…

El estudio del cristianismo primigenio siempre se ha revelado como arduo y dificultoso: en aproximadamente los tres siglos que van desde la muerte de Jesús hasta el primer Concilio de Nicea, se desarrolla y se complejiza esta religión.

Normalmente se considera al cristianismo como una fusión de doctrinas: su estudio revela una composición elaborada a manera de “capas de cebolla” en torno al núcleo primigenio que constituye la doctrina de Jesús de Nazaret.

En este sentido recordemos las sectas en las que se dividía el judaísmo de la época en que vivió Jesús: Saduceos, Fariseos, Essenios y Zelotes. Siendo los primeros un grupo menor al que pertenecía la casta dominante y siendo los últimos un grupo belicoso y nacionalista, no vemos en ellos mayores aportes al cristianismo o al pensamiento de Jesús.

Es, sin duda, el judaísmo fariseo al cual adherían la enorme mayoría de la población de Judea, el grupo en el cual Jesús se movía y enseñaba. No obstante la doctrina farisea no se ajusta a la perfección al pensamiento de Jesús: en él se encuentra presente la ideología essenia.

En “El Evangelio de Qumrán” analizo la incidencia de este grupo en Jesús pero en particular de una secta radical essenia: los qumranitas o los habitantes de Qumrán. Se trataba de un grupo mesiánico riguroso y ascético que presenta muchos elementos en común con el pensamiento de Jesús, al punto de poder afirmar que Jesús, uno de sus discípulos, etc., tuvieron que ver con este grupo y que adhirieron parcialmente a su doctrina.

Con una arqueología extensa he tratado de distinguir distintos sitios de ocupación en las Cuevas de Qumrán, y lo más importante, distintas etapas de ocupación. Uno de los mayores errores que se cometen al hablar de los manuscritos del Mar Muerto es la confundir etapas y asignar a todos los manuscritos y vestigios arqueológicos un momento único de interpretación.

En Qumrán coinciden rollos del siglo III a.C. con rollos del siglo I y II d.C.: de ninguna manera se puede hablar de una doctrina única, ni siquiera de un grupo único, que hubiera vivido en Qumrán. En todo caso debemos remitirnos a una ideología, un modo de vida y de entender el mundo diferente de acuerdo a los distintos períodos de tiempo. Pensemos que a nivel arqueológico situar en una misma capa vestigios de estos siglos con una distancia entre ambas cotas de quinientos años sería algo así como confundir como pertenecientes a una misma época los documentos elaborados por Cristóbal Colón con los difundidos por el Palacio de la Moncloa el pasado fin de semana.

Agradezco en forma particular la atención del Sr. Jesús García y Purificación Lozano de Editorial Creación, por el respeto y confianza que han tenido en la obra permitiendo que la misma tenga una acogida en el público lector.

Anillo Cristiano. Siglo III d.C. Se observa "el buen pastor". Se distingue que es cristiano por los dos peces en su base (Ichtus, Iēsoûs Christós Theoû hYiós Sōtér)

viernes, 18 de diciembre de 2009

Yo, mi, mío (I, me, mine)


Estamos hablando de una categoría espiritual y no psicológica, una categoría holística que incluye el “yo”, pero no solo es el “yo”, ni el “ello” ni el “superyo”: son todos ellos combinados y aun más.

Es tu esencia como persona, creas o no en las almas, la vida ultraterrena, en el Paraíso o en el Edén, o te coloques en una filosofía de corte Oriental y creas en la transmigración del alma: hablo de la esencia de ti como persona, si quieres lo puedes llamar alma o colocarle cualquier otro epíteto.

Empecemos por el comienzo… nos socializamos a través de nuestros padres, primero nuestra madre, luego inmediatamente nuestro padre, los hermanos y abuelos, y con el tiempo con nuestros pares. Esa socialización incluye aprender normas, aprender que es lo importante y que no, etc.

Ese aprendizaje deja afuera, de a poco, nuestra percepción del mundo como pequeños, como niños: el niño desaparece gradualmente incorporándose a la sociedad que elabora sus adultos. No significa que la infancia sea un proceso desagradable: muy por el contrario, somos lo que alguna vez fuimos, pero olvidándonos un poco de nosotros…

Se pueden colocar miríadas de ejemplos: ¿qué niño teme a una serpiente, a una rata o a una cucaracha? Respuesta: ninguno. Aprendemos a temerles, pero somos en esencia curiosos: un niño mostrará curiosidad por el animal pero nunca le temerá a no ser que el animal le haga algo o que los padres le informen (acompañado a veces de un dedo índice diciendo “no debes acercarte”). Incluso, sensaciones como el asco, repugnancia, lo agradable y lo que no es, son aprendidos desde niños. No se trata de cuestiones atávicas, primitivas y esenciales en nosotros en tanto seres humanos.

Lo mismo sucede con la materialidad, lo cual nos afecta y mucho: de niños somos felices con muy poco, una hoja recogida del suelo, piedritas, caracoles traídos del mar, etc., nos hacen muy felices.

A medida que crecemos la sociedad por medio de la familia, la escuela y otras instituciones nos conforman de otra manera: lo esencial se aleja de nosotros, aprendemos a vivir en sociedad, poseer y ser ambiciosos. Muchas veces enloquecemos por seguir una “regla”, un “canon” que define a nuestra vida: la edad en que debemos recibirnos o egresar, la edad en que debemos casarnos, tener hijos, lograr ese puesto en la empresa, no “holgazanear” y buscar progresar.

Los que hacemos antropología y sociología sabemos que tan caro puede ser seguir ese “canon”: no en vano los días en que no se trabaja (especialmente los domingos), o en los que cesa toda actividad (como en Navidad o en Año Nuevo), aumenta sensiblemente el índice de suicidios. No hemos alcanzado “lo que se espera” de nosotros, vivimos a partir de otros y no de nuestra propia mirada: la felicidad surge para muchos de esa mirada externa, no lograr que nos enaltezcan, que se sientan orgullosos de nosotros provoca un vacío extremo.

¿Dónde queda aquel niño que era feliz con tan poco? Arena, piedras y hojas…

La búsqueda del Yo, mi, mío (I, me, mine, como en la canción de los Beatles), es un proceso de duelo, inicialmente, y de reflexión continua, que nos permita ser realmente adultos. Duelo porque debemos dejar todo aquello que nos circunda pero que nos da felicidad pasajera para buscar cosas perdurables. Reflexión, porque solo mirándote a ti mismo/a, alejándote de las miradas externas, solo tu, únicamente solo tu sin la mirada de los otros, encontrando la esencia de tu ser, el porque estás aquí y ahora.

El encuentro contigo mismo/a te dará la mayor felicidad y a la vez lograrás que este mundo sea un poco más feliz: la gente en tu entorno también, quizás, busque su Yo, mi, mío, pero aun así, será más feliz porque tu ahora eres auténticamente TU.

viernes, 11 de diciembre de 2009

La Salud como Negocio: los Límites de la Medicina


La salud últimamente se ha vuelto un negocio redituable. Se ha podido observar el negocio redituable de las plagas, epidemias y pandemias. ¿Pero hasta donde la salud es campo de la ciencia y en particular de la medicina?

Este es el primer tema que quiero tratar en este blog: ¿la medicina es la única rama del conocimiento humano capaz de responder a los problemas de salud del hombre?

Mi experiencia como antropólogo me da una respuesta negativa: la ciencia es una forma, de hecho, un método por el cual aprendemos y aprehendemos el conocimiento, pero no es la única forma ni método.

A tal punto llega a ser real el problema de la medicina como “dadora” de todas las respuestas a la salud del hombre que no se entiende como hay personas que reciben plasebos y mejoran su estado de salud, mientras otros, por más que se intente y en enfermedades muy leves, no mejoran.

No solo interviene lo psicológico y social, también lo cultural. La medicina alternativa, el antiguo boticario, fue reemplazada por la medicina “química”, aislándola de creencias y de vínculos con el entorno cultural y social donde vive el individuo. Lo cierto que mi experiencia me ha llevado a observar que en aquellos lugares donde aun pervive la medicina “tradicional” ésta tiene mejores “resultados” en los pacientes.

Porque resultados tiene que ver con salud y Salud es un concepto: ¿qué es ser saludable?

Estar medicado y pervivir no es salud: vivir la vida en armonía con el entorno, en un equilibrio con el medio e integrado a lo social, comunitario y familiar, es más adecuado para definir un concepto de salud.

A no confundirse: no estoy en contra de la Medicina moderna, ella es el resultado de la investigación sistemática de siglos y del aunamiento del conocimiento que aportaron muchas culturas, desde América, pasando por Egipto, Mesopotamia, Lejano Oriente, Europa e incluso África.

Solo que en estos tiempos que se viven se tomen conciencia del verdadero valor de las cosas y de los límites de la ciencia, en especial a la que refiere al tratamiento y cuidado de la salud humana.